DF rural… sin coches
abril 16, 2010

Por Jorge Neyra
La ciudad de México suele pensarse como un espacio completamente urbanizado con aglomeración humana, tráfico y caos. Únicamente. Pocos imaginan que en realidad esa faceta tan sólo representa 40% del territorio del Distrito Federal. El otro tanto es rural y de conservación, incluso con reductos de zonas lacustres. De hecho, delegaciones como Tlalpan, Cuajimalpa, Coyoacán, Xochimilco y Milpa Alta, son mayoritariamente así. Esto quiere decir, áreas productivas en donde se cultivan nopales, como en Milpa Alta, humedales, como los que hay en Tláhuac y Xochimilco o hasta extensos bosques en volcanes pequeños. Esto es en resumen la otra cara de nuestra ciudad.
Algunos recorridos
VOLCANES MINIATURA
Un recorrido de seis kilómetros con el objetivo de conocer los Cuescomates o volcancitos de entre uno y 18 metros de altura que se encuentran en la zona sur del DF, y en el norte de Morelos. En algunos de ellos existen cuevas pequeñas o tubos de lava que son una delicia para los visitantes.
TRAS LAS HUELLAS DEL CONEJO
La idea es descender a una cueva, rodear el cráter del Pelado, ubicado en Tlalpan, y ascender a la cumbre. En el camino —de aproximadamente nueve horas— se aprecia una especie de “palmita” amenazada de extinción y que sólo se encuentra en México. También varias aves que habitan el bosque y, con suerte, incluso al emblemático “zacatuche” o “teporingo” (Romerolagus diazi), un conejo en peligro de extinción.
DF LACUSTRE
El Parque Ecológico de Xochimilco es un área destinada a la conservación de los lagos que todavía cubren algunas porciones de la cuenca de México. En el recorrido pueden observarse aves acuáticas y terrestres y los cultivos chinamperos que le han dado fama mundial a esta región al sur de la ciudad de México.
Más información sobre excursiones guiadas: www.jorgeneyra.com.mx
El otro safari: los tiburones blancos de Sudáfrica
abril 13, 2010

El otro safari: los tiburones blancos de Sudáfrica
Por Leonardo Faccio
Igual que una película de terror o la montaña rusa, bucear dentro de una jaula rodeado de tiburones blancos es una invitación a disfrutar del contradictorio placer que produce el miedo. Las costas del pequeño pueblo sudafricano de Gansbaai, donde se produce la mayor concentración de tiburones blancos del mundo, es el mejor punto de partida para emprender este viaje, que depara verdadera relajación después de vivir intensos minutos de asombro.
Los tiburones no rugen. Y ese silencio nos sorprende a muchos cuando aterrizamos en Gansbaai. Porque en este apacible pueblo sudafricano uno se enfrenta con desconcierto a una verdad: los herbívoros nos aburren y aunque nos parezcan tontas las películas de buenos y malos, cuando vemos emerger a un tiburón real y sus famosas hileras de dientes disparejos están peligrosamente al alcance de nuestra mano, el contradictorio placer que produce el miedo, de golpe, se interrumpe. Porque el legendario rugido de ese ejemplar de plástico que conoció la fama en la película Tiburón, no aparece. La escena real es muda. Pero nuestra fascinación por el mal sigue ahí, sutil pero fija en sus ojos negros y planos, que devuelven nuestro reflejo con la tenebrosa nitidez de un espejo oscuro.
Todo sucede al sur de las luces de Ciudad del Cabo. A dos horas de coche está Gansbaai, que se extiende sobre una planicie amarillenta hasta sumergirse en el Atlántico. El pueblo es un puñado de casas bajas con fachadas blancas y carteles de colores estridentes que anuncian excursiones de buceo, y que agregan al entorno un brillo de modernidad. Aunque Gansbaai sigue siendo un rincón de la Sudáfrica profunda, con calles anchas trazadas según las leyes del apartheid que dominó al país por más de 50 años.
Entramos por De Kelders, el barrio de chalets con techos rojos donde vive la comunidad blanca. Los suburbios, ubicados en el sur, son dominio de la etnia xosa, la misma a la que pertenece la familia de Nelson Mandela. Al llegar a la costa se ve el puerto, los barcos pesqueros de cascos oxidados. Y no hace falta hablar con nadie para entender que aquí la vida gira entorno al tiburón: la discoteca más concurrida se llama The Sharks y la fiesta más importante —que es en octubre— se anuncia con carteles que dicen Great White Shark Festival.
Entre mayo y septiembre, la época en que los tiburones aparecen, los hoteles se llenan. Y aunque Gansbaai también es un patrimonio histórico que conserva en su geografía los rincones donde crecieron los primeros Homo sapiens —el lugar se llama Klipgat Cave y está abierto al público—, el tiburón sigue siendo el rey. La ballena franca austral que llega aquí cuando los tiburones migran —entre octubre y abril— no compite en popularidad. La gente se concentra en los sharks shops, donde se promocionan los guías que ofrecen dos maneras diferentes de ver al tiburón: 1) Desde la borda de una lancha o 2) Buceando dentro de una jaula.
Hay una tercera forma de avistaje que no aparece en los carteles: el buceo sin protección. Una modalidad reservada para documentalistas y científicos. Porque a pesar de que el tiburón blanco es el mayor depredador del océano, y su registro fósil más antiguo data de hace 400 millones de años —es decir, 200 millones de años mayor que el dinosaurio más viejo—, nadie sabe cómo sobrevivió a las mismas catástrofes naturales que dejaron fuera de combate a los animales más resistentes.
Para la ciencia son un misterio. Lo mismo para quienes llegamos con una película de terror como referente. Ya lo dijo el novelista Peter Benchley, el autor de la novela Tiburón que en 1975 Steven Spielberg llevó al cine: “En un sentido profundamente tribal, amamos a nuestros monstruos”. Y ésa debe ser la razón que nos arrastra hasta al océano, para verlos personalmente.
Con la quijada abierta
Andre Hartman es el buzo experto en tiburones blancos más prestigioso del mundo. Vive en Gansbaai. Tiene 60 años, la barba rubia y una página web donde aparece trabajando para National Geographic. Su función es evitar que los camarógrafos emerjan con una pierna menos. Hartman sabe mantener a raya a estos animales que llegan a medir siete metros y pesar una tonelada y media. Por eso le dicen Andre Sharkman. Aunque él prefiere decir que tiene un don.
“Hace muchos años vi que el buceo con tiburones era un buen negocio —dice Hartman—. Porque son animales muy curiosos y yo tengo un don para entenderlos. Pero como antes había Apartheid no venían muchos turistas a Sudáfrica. Por suerte la imagen del tiburón fue cambiando y la del país también.”
Ahora Hartman usa su “don” para sorprender a los turistas. Lo veo esta tarde cuando subimos en su lancha y dejamos atrás las bardas doradas que forman la pequeña bahía. El destino es Dyer Island: la más grande de un grupo de islas habitada por pingüinos y lobos marinos, el principal alimento de los tiburones. Éste es uno de los puntos donde se produce la mayor concentración de tiburones blancos del mundo y donde Hartman comienza el ritual para atraer a sus socios: riega el mar con aceite de pescado y arroja en la superficie la silueta de un lobo marino recortada en goma. Recién entonces el señuelo está listo y sólo resta esperar.
El mar está tranquilo y las gaviotas sobrevuelan. Nos separan ocho kilómetros del continente y la espera se extiende bajo el sol. Somos nueve personas abordo y el clima que se respira es el mismo que en Tiburón: largos periodos de tensa espera que se descargan en pocos segundos de adrenalina, cuando el tiburón, por fin, aparece.
La aleta emerge del mar y Hartman comienza a recoger el cebo. Deja que el animal se acerque y antes de que su hocico llegue al barco, aparta la carnada y en su lugar pone su mano. Sí, sumerge los dedos hasta que el tiburón choca contra ellos.
La tripulación queda pasmada. Hartman hace presión con su mano hacia arriba y, como si fuese un delfín, el pez permanece con la mandíbula abierta y fuera del agua. “El hocico es la parte más sensible del tiburón”, me dijo Hartman, después. Pero en ese momento sólo se escucha el gatilleo de las cámaras que se extingue de a poco, cuando el tiburón se hunde con la lentitud dramática de un buque que se va a pique.
Desde la jaula
En tierra firme, los que están satisfechos tras haber visto al tiburón desde arriba de la lancha, pasean relajados entre miles de bocas abiertas y dientes disparejos estampados en camisetas, llaveros, gorras, tazas. La oferta de souvenirs es abundante en las tiendas de Gansbaai. Los que mañana planeamos bucear dentro de una jaula, en cambio, tenemos en la cara un gesto inevitable de preocupación.
¿Qué pasa si el tiburón se mete en la jaula? Hartman no esconde los riesgos. Por eso antes de cada buceo proyecta un video que todos miramos como alumnos atentos. Primero se ven imágenes de tiburones que nadan mansos en aguas cristalinas. Hasta que aparece un tiburón nervioso que se mete por la ventana de la jaula y hace salir al buzo disparado hacia la superficie.
“Sí, los tiburones a veces se cuelan —confirma Hartman— por eso los más pequeños son los más peligrosos: caben entre las rejas.” Sólo entonces nos reparte un documento: al firmarlo dejamos constancia de que nosotros somos los únicos responsables de lo que nos pueda suceder. Pero antes escuchamos una última aclaración.
“En la mayoría de los ataques a humanos el tiburón blanco muerde sólo una vez y después suelta. Nos atacan por error”, dice Hartman, con el tono sereno de quien transmite tranquilidad. Y debe ser cierto. Según las estadísticas, menos de 20% de las personas atacadas por tiburones blancos pierden la vida. “Nosotros somos más peligrosos que ellos”, acabó diciendo Hartman antes de que me meta en la jaula y quede a 50 centímetros de la superficie respirando por una manguera. Lo dijo en tono de broma, aunque en gran parte tiene razón. En los años noventa al tiburón blanco se lo declaró especie protegida en cinco países —Australia, Sudáfrica, Islas Maldivas y Estados Unidos—, porque se teme que el comercio de aletas deje a la especie en peligro de extinción. Esto alimenta cierto espíritu conservacionista. Pero esta tarde las rejas de la jaula me parecen demasiado débiles y la pequeña ventana, inmensa.
El aire llega fresco desde el tanque que está en la lancha y al frente se ve la inmensidad verde del océano. El tiburón demora en aparecer, mientras en la costa están los amigos que te desearon suerte y sobre la borda, la figura de Hartman que prometió sacarte rápido si algo malo llegara a suceder. El agua está helada y el corazón late fuerte bajo el grueso neopreno. Hasta que aparece él, con esa tranquilidad amenazante que transmiten los perros de gran tamaño y esa mirada incomprensiva, tan similar a la de un insecto tropical. El resto es acero puro. Un torpedo vivo que te transforma, con el flashazo de una mirada, en el escuálido protagonista de un zoológico invertido.
CÓMO LLEGAR
Gansbaai está ubicado a 120 kilómetros al sur de Ciudad del Cabo. Hay autobuses con los que se puede ir y volver el mismo día. Aunque lo recomendable es utilizar coches de alquiler. Otra opción es contratar el servicio directamente con el organizador de las excursiones, Andre Hartman: www.andrehartman.com
El precio para el buceo en jaula y avistaje desde una lancha es el mismo: 250 dólares.
Travesías abril
abril 6, 2010
Dos nuevas maneras de visitar una ciudad
marzo 29, 2010
Ruta de Paz: después del recuento de los daños
Aprovechando la historia y el agradable clima del Departamento de Morazán, en El Salvador, varios antiguos miembros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (fmln) son ahora guías de turistas y empresarios ecológicos con cabañas sustentables, dentro del proyecto turístico Ruta de Paz. Entre montañas con pinos y ríos, antiguos combatientes guían a los turistas por caminos secretos y relatan momentos clave de la guerra civil, concluida en 1992.
Cada año la zona recibe más de 70 mil visitantes y, aunque esta feliz historia no esté exenta de las paradojas latinoamericanas (uno de los patrocinadores del proyecto es el gobierno estadounidense), la zona está prosperando y eso lo convierte en un proyecto alentador, y creativo, para un país devastado por una guerra de 12 años.
Más información en www.rutadepazelsalvador.com
Slumdog Tourist
Por otro lado, el turismo en zonas marginadas, o poorism en inglés, empieza a generar interés. Comenzó en las favelas de Río de Janeiro hace unos 15 años y ahora es un éxito en los slums de Mumbai —máxime por la película de 2008 ganadora del Oscar, Slumdog Millionaire—, con agencias como Creative Travel, que ofrece paseos con niños de la localidad que hacen de guías, y la promesa de apoyar a la comunidad.
Por el lado silencioso de Veracruz
marzo 25, 2010
Una falta de ortografía recibe a los huéspedes de Maison Couturier: “Le silence est bienvenue”, o el silencio es bienvenida. Puede que sea el único elemento fuera de tono de una estancia ahí, y casi hasta suena bien. O por lo menos lo deja a uno dándole vueltas al asunto.
A partir de entonces, uno no vuelve a dudar si hizo bien en venir hasta esta región de Veracruz plantada de cítricos, plátanos, vainilla y café. Es más, puede que llegue incluso a desear que llueva a cántaros (como nos sucedió) y así tener una excusa para quedarse a ver las fotos de familia del Boudoir de Grand-Mère, el cuarto con chimenea de la casa principal; desayunar en las frescas sillas forradas de amarillo que están junto a la cocina o tomarse un brandy en el sillón color (y tamaño) camello del bar, que fue alguna vez la recámara de Carlos, el bisnieto de Théofile Couturier, quien construyó esto en 1890 cuando vino de Francia a trabajar la vainilla.
Me tocó dormir en la Chambre de Berthe: imposible desde entonces no evocar a mi propia abuela Bertha, llegada a México unas décadas más tarde, también de Europa. Pero no creo que haya sido sólo eso. Dudo que haya alguien inmune a la alberca inspirada en los bebederos de ganado, a las terrazas techadas donde se puede leer toda la tarde y, sobre todo, a las sorpresas sutiles de un lugar en el que cada decisión denota la presencia de gente que sigue imaginando.
El regalo de recepción, dispuesto junto a las elegantes botellas de vidrio con agua, consiste en habas enchiladas “El Rey”, de Vega de Alatorre, Veracruz. Y si las toallas de un gris azulado son el contraste perfecto para los mosaicos negros del baño, también hay un jabón de miel con una abeja grabada que hace sonreír, desde antes de olerlo.
Tampoco se agota el placer de caminar descalza sobre el piso de ladrillo, el de jugar a colgar y descolgar tanto el pesado teléfono negro de disco como la ropa en los pesados ganchos de fierro, que recuerdan, ambos, los tiempos en que los materiales se sentían entre las manos.
Pero, si bien la evidente misión de Maison Couturier es rendir homenaje a la herencia de los colonos franceses que llegaron hasta aquí, no nos confundamos: dentro de los confines de sus gruesos muros hechos con escombros de fincas y corrales perdidos, bajo su techo cubierto de tejas traídas de Marsella y sus espacios acondicionados con una minuciosa selección de muebles y utensilios antiguos, el amor es a primera vista. Afuera, tarda uno más en darle el golpe.
POR LOS PUEBLOS CON ENCANTO
Visitamos el estado con forma de botín para conocer seis de sus 18 “pueblos con encanto”, según una nomenclatura de la Secretaría de Turismo estatal. El propósito: ofrecer tres recorridos para unas vacaciones de primavera entre paisajes montañosos, truchas a las brasas y revelaciones inspiradoras; todo a tiro de piedra del Valle de Anáhuac.
Gallarda se impone la ciudad de México sobre el Altiplano, ignorando con facilidad al medio hermano que la abraza casi por entero, acaso porque le hace recordar su origen esencialmente provinciano. Es una delicia que la capital mexicana, el Bajío y regiones aledañas se encuentren tan cerca del sube-y-baja geográfico y, por lo tanto, cultural, que es el Estado de México; rural como los paisajes de Velasco, cándido y enredado como un soneto de Sor Juana. En él aguardan haciendas que restauran el espíritu, poblaciones con bellísimos nombres otomíes, presas que resultan sorpresas, carreteras cinematográficas y, sobre todo, una forma de viajar supercómoda y alejada de multitudes y turibuses. Todo eso y los volcanes. Créanme: el Estado de México se abre ante el viajero sensible con ganas de sorprenderse, sin tener que emprender ambiciosas travesías. Permítanme, pues, recordar frente a ustedes mi paseo sobre las alas del Estado que muestra un avioncito en sus placas (¡por algo será!).
El recorrido otomí del norte: Villa del Carbón y Aculco
Blancos y naranjosos permanecen los recuerdos, y también las fotos, de alguien que ha visitado esta cabecera municipal. Giselle, Hiram y yo podemos avalarlo. Nos conocimos una mañana de febrero con tres tareas distintas, pero convergentes: ella tomar las fotos, él guiarnos por su Estado natal y yo dejarme asombrar. Cuatro días, seis pueblos y un coche plateado eran las condiciones de nuestro reality show. Comenzamos el trayecto en Villa del Carbón. Ahí llamó nuestra atención la arómatica iglesia, con una Virgen de la Peña de Francia y una simpática rareza en las pechinas: representaciones de Judith, Esther, Débora y Yael, en lugar de los cuatro evangelistas.
El mural del Palacio Municipal, novísimo y alusivo al Bicentenario, y el quieto Mercado de Artesanías también nos atraparon; el primero por bonito y el segundo por variado (ahí me compré un balero a 30 pesos). Y el jardín con sus construcciones blancas, entre ellas la Casa de la Cultura Dr. Jorge Jiménez Cantú.
Esta población se caracteriza por el comercio de pieles y la limpieza de sus calles. No hay que esperar importantes monumentos ni intensas aventuras turísticas, aquí se viene a caminar y respirar aire puro. Giselle lo entiende perfecto, así que se pierde por ahí tomando fotos. La buscamos, la encontramos, ella se hace de un vasote con agua de lima y entonces nos vamos al próximo destino. En la carretera conversamos hipnotizados sobre la Biblia mientras pasamos rebaños y bordos. Algún efecto nos habrá hecho tanta neblina. Tres cuartos de hora más tarde llegamos a Aculco (“donde tuerce el agua”, en otomí). Primera sorpresa: aquí los baleros son más baratos y bonitos. Ni hablar, a regalarle a alguien el que compré en Villa del Carbón.
Los cabos sueltos de la Baja Sur
marzo 10, 2010
Nos queda claro que ese pedazo de nuestro país que cuelga desde Tijuana apenas si nos pertenece. Los lobos marinos, los estadounidenses retirados y los surfistas se lo han apropiado. Pero ya es hora de que, como las fieles ballenas que lo visitan cada invierno, gocemos sus playas, sus almejas gigantes, sus pueblos abandonados y sus misiones.
Por Pablo Mata Olay | Marzo 2010 |Revista Travesías
Antes de comenzar, el respetable lector debe conocer una confesión de mi parte: no sé nadar. Quizá sea una irresponsabilidad decirlo, y escribirlo en una revista de viajes. Prometo tomar cartas en el asunto, pero debía dejar claro mi miedo al mar, irracional y paralizante, y cómo fue aminorando durante todo este viaje, en especial aquel día que zarpé a conocer a las ballenas.
Los Cabos no es Baja. O no completamente. A lo largo de 1 280 kilómetros de península, hay espacio para mucho más. En Baja California Sur, el estado donde se unen el Océano Pacífico y el Mar de Cortés, se levantan sierras altas con misiones centenarias, y hay pueblos denominados mágicos y ciudades sonrientes. Al punto que uno llega a preguntarse si no serán éstas las razones ocultas por las cuales las ballenas grises, azules y jorobadas, llegan todos los inviernos desde hace siglos hasta aquí.
Yo quise conocerlas. Obviar el destino turístico estrella del estado y apuntar hacia la aventura. Tal deseo me llevó por caminos de terracería, islas vírgenes y pueblos fantasmas. Y al mar abierto.
Al mar picado, con las olas que me hacen sujetarme al asiento de la barca con todas mis fuerzas. Donde las crestas se confunden con alguna posible joroba que nos anuncie un salto cetáceo espectacular. Pero por el momento, no pasa nada. Esperemos unos minutos —y párrafos— más.
En Alvear Palace: nuevo salón para placeres prohibidos
marzo 5, 2010
Fumar siempre ha sido un placer especial, tanto que a veces se vuelve objeto de prohibiciones.
Por Áurea Lara | Marzo 2010 Revista Travesías
En el siglo xix los salones de fumadores de pipa o puro eran exclusivos para hombres, mientras que las mujeres fumaban a escondidas. Después, durante casi todo el siglo XX, un cigarrillo en la mano se convirtió en sinónimo de sensualidad. Si la imagen de Humphrey Bogart fumando es clásica, entre las famosas casi todas lo hicieron: Marlene Dietrich, Lana Turner, Greta Garbo, Elizabeth Taylor, Ingrid Bergman, incluso Audrey Hepburn, con elegantes y larguísimas boquillas. A partir de 1980, sin embargo, fumar volvió a verse mal, tanto así que los espacios cerrados excluyeron el menor indicio de humo.
Pero se dice que todo vuelve y ahora, para darle lugar a uno de los placeres más antiguos, renacen los salones El recién inaugurado Cigar Bar del ya tradicional y siempre elegante hotel Alvear Palace es uno de esos espacios que los sibaritas buscarán en Buenos Aires.Ahí se pueden disfrutar los mejores habanos del mundo, y acompañar con volutas de humo la bebida preferida de entre más de 100 etiquetas de vinos exclusivos, de una gran variedad de y destilados, ron, oporto y, por si todavía fuera necesario consentir al paladar, la carta exclusiva de chocolates Lindt tiene lo mejor de la firma suiza.
Más información:
Tequila vs. Amatitán
marzo 3, 2010
De camino a Amatitán y Tequila, hay una luz que pinta todo de azul y de tonalidades fucsia, verde y gris. Aquí se siembra —dentro de la demarcación que la unesco declaró, en 2006, Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad—, la planta del agave, de la que se extrae la bebida mexicana más conocida en el mundo, la que hincha el orgullo patriota cuando se trata de presumir la identidad nacional.
Con gafas de sol —o sin ellas, pero ayudan—, el juego del color es la mejor bienvenida al mundo de una bebida que ofrece, como los mejores vinos, una amplia gama de destilados: blanco, reposado, añejo, extra-añejo, todos capaces de maridar con los platillos más atrevidos de la suculenta cocina mexicana, una experiencia que ofrecen algunas casas productoras.
Rumbo a Vallarta, a partir del Arenal, el poblado que antecede a Amatitán y Tequila, a unos 35 kilómetros de Guadalajara, brotan los puestos improvisados con lonas que cubren del sol un sinfín de botellas de vidrio, de plástico, amarillentas, transparentes y viejas, que contienen, dicen quienes las venden, “tequila del bueno”.
“Ahí hay de todo, menos tequila, así que ni pa’ qué buscarle, ¿no?”, dice el transportista Mario Zamora, conocedor de la zona, que sabe de tequilas y marcas. Cuenta que en las redadas apoyadas por el Consejo Regulador se llega a encontrar desde ron hasta productos derivados de la caña. Es decir que, para encontrar lo que el visitante desea se tiene que ir hasta el origen —Amatitán y Tequila—: tequila 100% de agave, una bebida con denominación
de origen reconocida desde 1974.
Además, como para complementar el paisaje agavero, están las famosas destilerías y casas tequileras que son monumentales haciendas del siglo xix; sus viejas fábricas el legado de una industria con una historia de hace casi 500 años, y cuyo auge ha ido in crescendo, en particular en Estados Unidos, el principal importador de la bebida.
Ejemplo de ello son la Hacienda San José del Refugio, en Amatitán —que pertenece a la Casa Herradura—, o la Casa de Sauza o la de Cuervo, ambas en Tequila.
Y no podía faltar la añeja rivalidad. A Amatitán y Tequila no sólo los separan 13.5 kilómetros, sino la discusión eterna de dónde se destiló el primer mosto elaborado a partir de jugos de agave cocido, que más tarde se convirtió en tequila.
El debate suscita la misma pasión que un partido de futbol entre encarnizados aficionados. Quizá por eso la declaración de la UNESCO le ha quitado hierro al asunto. Ahora las compañías no se pelean tanto por ser “la cuna del tequila”, sino que se esfuerzan por ser quienes mejor lo elaboran, aunque para ello se requiera de otro árbitro: en el mercado se pueden encontrar casi mil marcas de tequila, algunas de las cuales cuentan con más de 10 variedades.
Piedras prehispánicas y cocina colonial
El peregrinaje hacia el origen del tequila, que se esconde bajo un aterciopelado mar azul, encuentra en la zona arqueológica de Guachimontones (“lugar cerrado” o “donde abundan los árboles de guaje”) una escala histórica.
Este antiguo asentamiento y centro ceremonial prehispánico se caracteriza por sus pirámides circulares. Abarca alrededor de 20 hectáreas, cuenta con dos juegos de pelota —uno de los cuales es el más grande de Mesoamérica—, un anfiteatro, altares y un patio en el que, subido en un poste, un sacerdote rendía culto a la divinidad del viento. O eso se cree.
Las edificaciones fueron obra de la cultura que recibió el nombre de “Tradición Teuchitlán” y que tuvo su auge entre los años 200 y 400 d.C.
A mediodía, está abierto a la faldas de las pirámides un restaurante de comida fusión-prehispánica, donde la reconocida chef Maru Toledo —como también se llama el lugar— combina métodos prehispánicos de cocina y técnicas de preparación de alimentos de los siglos xvii y xviii con ingredientes autóctonos; allí se pueden saborear el tamal ceremonial con semillas, pollo o rana con tesmole rojo o chiles ehecatl con salsa de chapulín; deliciosos.
Restaurante Maru Toledo
Juárez 209, camino empedrado a los Guachimontones, Teuchitlán
T. Cel. 045 (33) 1298 3274
www.marutoledo.com
Abre sábados y domingos de 12 a 17 horas, entre semana se debe reservar con dos días de anticipación y sólo atiende a grupos
de 15 personas mínimo y 25 máximo.
Para ver más planes para la Semana Santa visita la página de la revista Travesías aquí.
Por el lado silencioso de Veracruz
Se vale preguntarse por qué se desplazaría uno hasta esta zona del norte de Veracruz, comprendida entre Nautla y Gutiérrez Zamora. O si un par de hoteles de Carlos Couturier son razón suficiente. La respuesta a lo segundo es un sí contundente. A lo primero, lo de por qué venir, se contesta a fuerza de naranjos, limoneros, vainillales, la tranquila playa de Monte Gordo y la promesa de comer como rey. También de poderosas cascadas y varias oportunidades de conocer de cerca la cultura totonaca.
Los cabos sueltos de Baja Sur
Nos queda claro que ese pedazo de nuestro país que cuelga desde Tijuana apenas si nos pertenece. Los lobos marinos, los estadounidenses retirados y los surfistas se lo han apropiado. Pero ya es hora de que, como las fieles ballenas que lo visitan cada invierno, gocemos sus playas, sus almejas gigantes, sus pueblos abandonados y sus misiones.
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