El otro safari: los tiburones blancos de Sudáfrica

abril 13, 2010

El otro safari: los tiburones blancos de Sudáfrica

El otro safari: los tiburones blancos de Sudáfrica

¿Serán las mismas personas las que viajan hasta el sur de África para ver leones y leopardos, que aquellas que se entusiasman con la idea de meterse al mar enjaulado para nadar con feroces tiburones? Y ellas, ¿serán las mismas que irán este verano a Sudáfrica para asistir a los partidos de la copa de futbol? Nosotros intuimos que sí. Y cumplimos con nuestro trabajo: mostrar todo aquello que puede hacerse en este maravilloso país.
Abril 2010 | Revista Travesías

Por Leonardo Faccio

Igual que una película de terror o la montaña rusa, bucear dentro de una jaula rodeado de tiburones blancos es una invitación a disfrutar del contradictorio placer que produce el miedo. Las costas del pequeño pueblo sudafricano de Gansbaai, donde se produce la mayor concentración de tiburones blancos del mundo, es el mejor punto de partida para emprender este viaje, que depara verdadera relajación después de vivir intensos minutos de asombro.
Los tiburones no rugen. Y ese silencio nos sorprende a muchos cuando aterrizamos en Gansbaai. Porque en este apacible pueblo sudafricano uno se enfrenta con desconcierto a una verdad: los herbívoros nos aburren y aunque nos parezcan tontas las películas de buenos y malos, cuando vemos emerger a un tiburón real y sus famosas hileras de dientes disparejos están peligrosamente al alcance de nuestra mano, el contradictorio placer que produce el miedo, de golpe, se interrumpe. Porque el legendario rugido de ese ejemplar de plástico que conoció la fama en la película Tiburón, no aparece. La escena real es muda. Pero nuestra fascinación por el mal sigue ahí, sutil pero fija en sus ojos negros y planos, que devuelven nuestro reflejo con la tenebrosa nitidez de un espejo oscuro.
Todo sucede al sur de las luces de Ciudad del Cabo. A dos horas de coche está Gansbaai, que se extiende sobre una planicie amarillenta hasta sumergirse en el Atlántico. El pueblo es un puñado de casas bajas con fachadas blancas y carteles de colores estridentes que anuncian excursiones de buceo, y que agregan al entorno un brillo de modernidad. Aunque Gansbaai sigue siendo un rincón de la Sudáfrica profunda, con calles anchas trazadas según las leyes del apartheid que dominó al país por más de 50 años.
Entramos por De Kelders, el barrio de chalets con techos rojos donde vive la comunidad blanca. Los suburbios, ubicados en el sur, son dominio de la etnia xosa, la misma a la que pertenece la familia de Nelson Mandela. Al llegar a la costa se ve el puerto, los barcos pesqueros de cascos oxidados. Y no hace falta hablar con nadie para entender que aquí la vida gira entorno al tiburón: la discoteca más concurrida se llama The Sharks y la fiesta más importante —que es en octubre— se anuncia con carteles que dicen Great White Shark Festival.
Entre mayo y septiembre, la época en que los tiburones aparecen, los hoteles se llenan. Y aunque Gansbaai también es un patrimonio histórico que conserva en su geografía los rincones donde crecieron los primeros Homo sapiens —el lugar se llama Klipgat Cave y está abierto al público—, el tiburón sigue siendo el rey. La ballena franca austral que llega aquí cuando los tiburones migran —entre octubre y abril— no compite en popularidad. La gente se concentra en los sharks shops, donde se promocionan los guías que ofrecen dos maneras diferentes de ver al tiburón: 1) Desde la borda de una lancha o 2) Buceando dentro de una jaula.
Hay una tercera forma de avistaje que no aparece en los carteles: el buceo sin protección. Una modalidad reservada para documentalistas y científicos. Porque a pesar de que el tiburón blanco es el mayor depredador del océano, y su registro fósil más antiguo data de hace 400 millones de años —es decir, 200 millones de años mayor que el dinosaurio más viejo—, nadie sabe cómo sobrevivió a las mismas catástrofes naturales que dejaron fuera de combate a los animales más resistentes.
Para la ciencia son un misterio. Lo mismo para quienes llegamos con una película de terror como referente. Ya lo dijo el novelista Peter Benchley, el autor de la novela Tiburón que en 1975 Steven Spielberg llevó al cine: “En un sentido profundamente tribal, amamos a nuestros monstruos”. Y ésa debe ser la razón que nos arrastra hasta al océano, para verlos personalmente.

Con la quijada abierta
Andre Hartman es el buzo experto en tiburones blancos más prestigioso del mundo. Vive en Gansbaai. Tiene 60 años, la barba rubia y una página web donde aparece trabajando para National Geographic. Su función es evitar que los camarógrafos emerjan con una pierna menos. Hartman sabe mantener a raya a estos animales que llegan a medir siete metros y pesar una tonelada y media. Por eso le dicen Andre Sharkman. Aunque él prefiere decir que tiene un don.
“Hace muchos años vi que el buceo con tiburones era un buen negocio —dice Hartman—. Porque son animales muy curiosos y yo tengo un don para entenderlos. Pero como antes había Apartheid no venían muchos turistas a Sudáfrica. Por suerte la imagen del tiburón fue cambiando y la del país también.”
Ahora Hartman usa su “don” para sorprender a los turistas. Lo veo esta tarde cuando subimos en su lancha y dejamos atrás las bardas doradas que forman la pequeña bahía. El destino es Dyer Island: la más grande de un grupo de islas habitada por pingüinos y lobos marinos, el principal alimento de los tiburones. Éste es uno de los puntos donde se produce la mayor concentración de tiburones blancos del mundo y donde Hartman comienza el ritual para atraer a sus socios: riega el mar con aceite de pescado y arroja en la superficie la silueta de un lobo marino recortada en goma. Recién entonces el señuelo está listo y sólo resta esperar.
El mar está tranquilo y las gaviotas sobrevuelan. Nos separan ocho kilómetros del continente y la espera se extiende bajo el sol. Somos nueve personas abordo y el clima que se respira es el mismo que en Tiburón: largos periodos de tensa espera que se descargan en pocos segundos de adrenalina, cuando el tiburón, por fin, aparece.
La aleta emerge del mar y Hartman comienza a recoger el cebo. Deja que el animal se acerque y antes de que su hocico llegue al barco, aparta la carnada y en su lugar pone su mano. Sí, sumerge los dedos hasta que el tiburón choca contra ellos.
La tripulación queda pasmada. Hartman hace presión con su mano hacia arriba y, como si fuese un delfín, el pez permanece con la mandíbula abierta y fuera del agua. “El hocico es la parte más sensible del tiburón”, me dijo Hartman, después. Pero en ese momento sólo se escucha el gatilleo de las cámaras que se extingue de a poco, cuando el tiburón se hunde con la lentitud dramática de un buque que se va a pique.

Desde la jaula
En tierra firme, los que están satisfechos tras haber visto al tiburón desde arriba de la lancha, pasean relajados entre miles de bocas abiertas y dientes disparejos estampados en camisetas, llaveros, gorras, tazas. La oferta de souvenirs es abundante en las tiendas de Gansbaai. Los que mañana planeamos bucear dentro de una jaula, en cambio, tenemos en la cara un gesto inevitable de preocupación.
¿Qué pasa si el tiburón se mete en la jaula? Hartman no esconde los riesgos. Por eso antes de cada buceo proyecta un video que todos miramos como alumnos atentos. Primero se ven imágenes de tiburones que nadan mansos en aguas cristalinas. Hasta que aparece un tiburón nervioso que se mete por la ventana de la jaula y hace salir al buzo disparado hacia la superficie.
“Sí, los tiburones a veces se cuelan —confirma Hartman— por eso los más pequeños son los más peligrosos: caben entre las rejas.” Sólo entonces nos reparte un documento: al firmarlo dejamos constancia de que nosotros somos los únicos responsables de lo que nos pueda suceder. Pero antes escuchamos una última aclaración.
“En la mayoría de los ataques a humanos el tiburón blanco muerde sólo una vez y después suelta. Nos atacan por error”, dice Hartman, con el tono sereno de quien transmite tranquilidad. Y debe ser cierto. Según las estadísticas, menos de 20% de las personas atacadas por tiburones blancos pierden la vida. “Nosotros somos más peligrosos que ellos”, acabó diciendo Hartman antes de que me meta en la jaula y quede a 50 centímetros de la superficie respirando por una manguera. Lo dijo en tono de broma, aunque en gran parte tiene razón. En los años noventa al tiburón blanco se lo declaró especie protegida en cinco países —Australia, Sudáfrica, Islas Maldivas y Estados Unidos—, porque se teme que el comercio de aletas deje a la especie en peligro de extinción. Esto alimenta cierto espíritu conservacionista. Pero esta tarde las rejas de la jaula me parecen demasiado débiles y la pequeña ventana, inmensa.
El aire llega fresco desde el tanque que está en la lancha y al frente se ve la inmensidad verde del océano. El tiburón demora en aparecer, mientras en la costa están los amigos que te desearon suerte y sobre la borda, la figura de Hartman que prometió sacarte rápido si algo malo llegara a suceder. El agua está helada y el corazón late fuerte bajo el grueso neopreno. Hasta que aparece él, con esa tranquilidad amenazante que transmiten los perros de gran tamaño y esa mirada incomprensiva, tan similar a la de un insecto tropical. El resto es acero puro. Un torpedo vivo que te transforma, con el flashazo de una mirada, en el escuálido protagonista de un zoológico invertido.

CÓMO LLEGAR
Gansbaai está ubicado a 120 kilómetros al sur de Ciudad del Cabo. Hay autobuses con los que se puede ir y volver el mismo día. Aunque lo recomendable es utilizar coches de alquiler. Otra opción es contratar el servicio directamente con el organizador de las excursiones, Andre Hartman: www.andrehartman.com
El precio para el buceo en jaula y avistaje desde una lancha es el mismo: 250 dólares.

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